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Camino por Parque Las Heras, los habitués de cuatro patas se mezclan entre las confiadas palomas y esas chillonas catas verdes; incluso algunos perros sin dueño se integran con los afortunados que comen granitos con la dosis correcta de proteínas, calcio y calorías. Desde las canchitas se escucha el clásico -pasala! pasala!- y luego el -Uhhh!- porque la redonda rozó el palo mientras el arquero hacía vista.

Padres y abuelos se juntan alrededor para hacer sociales y hasta para jugar a las cartas apostando fortunas en monedas de centavos. Ahora yo me engancho con el partido. Hay un pibe de unos ocho años o de un metro y algo que ya va mostrando sus condiciones de líbero pero luego me sorprende uno aún más bajito que juega de lateral izquierdo con proyección manejando los dos perfiles. La pelota va y viene junto con mis ilusiones… un barrio, una plaza, un perro, una familia.

Y de repente se escucha el goool que me recuerda el momento de emprender el camino del retorno a una realidad que por ahora y solamente por ahora está a unos mil trescientos kilómetros.