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Yo era pibe y fuimos con mis padres y hermanas a una lujosa fiesta familiar en Tafí del Valle. La casa era enorme, la vista de la terraza magnífica y un jardín minuciosamente decorado para la ocasión. Había ido mucha gente porque estos parientes eran muy reconocidos y respetados en la sociedad. Y esto hizo que rápidamente el espacio asignado para estacionar los coches se llenara y hubiera algunos peligrosamente acomodados en pendientes poco confiables.

Yo me distraía con un perro raza Boxer que no era tan simpático como el de mi abuela. Pero para esos tiempos era toda una novedad tener uno de esos. De repente escucho un ruido extraño y luego una cortada explosión. Inmediatamente un puñado de personas se acerca pero sin entender muy bien lo que había ocurrido. Yo por las dudas entré al salón, donde parecía que nadie se había dado cuenta de lo que había pasado afuera, y comencé a buscar a mis viejos. Me abrí paso entre la gente y me encontré frente al anfitrión, que probablemente por mi edad no me tenía muy en cuenta en esas épocas. Al mismo tiempo llegaron dos personas a hablar con él, uno era de seguridad y el otro un asistente. Le comentaban que se había soltado un auto y que había arrastrado a su lujoso Ford Falcon al barranco y que este se había estropeado completamente. Mi “Tío” preocupado pregunto si había algún herido y le confirmaron que no. Entonces dijo: “Estoy bailando, que siga la fiesta”.

Esa frase quedó grabada en mi memoria para siempre. Desde entonces no le doy mayor importancia al dinero. Esa conducta hace pensar a algunos que soy soberbio o algo así. Lo cierto es que nunca dejo que algo material se interponga cuando estoy disfrutando o cuando alguien cercano lo está haciendo.

Ese es uno de los momentos que me hace ser como soy.